banner

EXPEDIENTE 13
TRAS LA PISTA DEL DEPREDADOR VAMPIRO DE PONTEVEDRA

Miguel PedreroMiguel Pedrero

 

En febrero de 2002, A Lama, una pequeña aldea pontevedresa, acaparó la atención de los medios de comunicación gallegos. Varios animales habían sido encontrados sin vida. En todos los casos, la causa de sus muertes eran unas perfectas incisiones en el pescuezo y otra en el centro del cráneo, por las que “algo” les había extraído toda la sangre del cuerpo y su masa encefálica. Dos años después de estos hechos, los ataques  volvieron a producirse, sólo que en esta ocasión varios vecinos tuvieron la oportunidad de contemplar a la criatura responsable de los mismos: un ser de aspecto monstruoso, más propio de una película de terror.

José Luis Gutiérrez (izquierda) charlando con los investigadores José Lesta (centro) y Marcelino Requejo.

Sábado 23 de febrero de 2002. 11:15 horas. José Lesta, mi compañero de aventuras y desventuras tras el misterio, y quien escribe estábamos enfrascados en una serie de investigaciones sobre varios incidentes OVNI en el norte de la provincia de A Coruña, cuando una providencial llamada a mi teléfono móvil nos hizo cambiar inmediatamente de rumbo. Esa misma mañana, el diario “El Faro de Vigo” publicaba una amplia noticia bajo el título: “Tres becerros y dos cabras mueren vampirizadas en una finca de Dozón”. Efectivamente, el suceso había tenido lugar en una pequeña aldea llamada A Lama, perteneciente al ayuntamiento de Dozón (Pontevedra).
Un par de horas después ya nos encontrábamos en una cafetería de Dozón poniendo a punto nuestras cámaras y grabadoras. A partir de ese punto ya no había indicadores y el camino discurría por estrechas carreteras, algunas de ellas sin asfaltar. “No se habla de otra cosa en el pueblo, fíjense que ya por la mañana desaparecieron todos los periódicos de los quioscos”, nos decía la simpática camarera de un bar, no muy lejos de nuestro destino, mientras dibujaba en una servilleta un improvisado plano para que no nos perdiéramos.
Después de no pocas vueltas, por fin localizamos la pequeña aldea y, al rato, ya estábamos frente a Mercedes Rodríguez Tapia, propietaria junto a su marido, José Luis García Gutiérrez, de la explotación ganadera en la que sucedieron los hechos. En realidad, las víctimas no habían sido cinco animales, como publicaba “El Faro de Vigo”, sino cuatro: dos becerros y dos cabras. Todos fueron muertos del mismo modo. Presentaban dos orificios, uno en el pescuezo y otro en el centro del cráneo. “Eran dos agujeros perfectos -nos explicaba Mercedes-, del mismo tamaño, por los que cabía un dedo. El que más me impresionó fue el del cráneo, porque fuese quien fuese el responsable de esto, tuvo que perforar el hueso para sacarle todo el cerebro. Me horrorizo sólo con recordar…”.

 

Sin embargo, lo que de verdad asustó a nuestra informante era que “los animales no tenían ni una gota de sangre, ‘eso’ se la había chupado”. Tampoco había restos del líquido vital alrededor de los animales, a excepción de uno de ellos: una cabra, a cuyo lado se distinguía un pequeño reguero. Cuando nos despedíamos de Mercedes, apareció en su automóvil la veterinaria que atendía a los animales de A Lama. “Esto es muy raro, desde luego no se trata de ningún animal conocido, eso lo tengo claro”, nos confesó antes de marcharse. Aspecto éste en el que también coincidían los habitantes de la aldea.
Algunas horas después, apareció José Luis García, que esa mañana se encontraba fuera de A Lama por motivos de trabajo. José Luis respondió con aire cansino a algunos periodistas que se habían acercado a recoger informaciones sobre el misterioso suceso. Después, cuando por fin “los chicos de la prensa” abandonaron el lugar, respondió con más calma a nuestras preguntas mientras nos echábamos unos pitillos. En esta primera conversación, José Luis nos confesó que los animales no murieron como consecuencia de un único ataque, sino en diferentes incursiones del “bicho”, como llamaban los vecinos de A Lama al responsable de estas muertes de ganado. “El primero en caer fue un becerro que tenía suelto en mi finca, a finales de noviembre de 2001 -nos dijo-. Cuando vi los dos orificios no me lo podía creer, aunque pensé que lo mejor era olvidarme del asunto. Pero a los pocos días encontré otro becerro sin vida. Entonces ya me empecé a mosquear”.

José Luis Gutiérrez mostrándonos la incisión que el misterioso “depredador vampiro” le provocó a uno de sus perros.

La Guardia Civil se hace cargo del caso
El 28 de enero de 2002, José Luis se percató que le faltaba una cabra. La buscó infructuosamente por la finca y sus alrededores, pero no la encontró. A los dos días, por la mañana temprano, la vio junto a un árbol con las dos incisiones en el pescuezo y otra en el cráneo. Al igual que en el caso del becerro, sin una gota de sangre, ni en su interior ni en las inmediaciones del cuerpo. “En el lugar donde apareció ya había mirado antes, por lo que ‘el bicho’, después de acabar con ella, tuvo que volver a la finca para dejarla al lado del árbol”, aseguraba convencido nuestro informante.
Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el ganadero decidió meter a los animales en su establo durante las noches. El 1 de febrero de 2002 a eso de las tres de la madrugada, como de costumbre, introdujo a las bestias en el establo y se fue a casa a descansar. A las ocho de la mañana se levantó con la intención de echar un vistazo al ganado y, para su sorpresa, nada más quitar el candado y abrir la puerta, se encontró con una cabra muerta del mismo modo que los otros animales. En esta ocasión, se observaban unos pequeños rastros de sangre al lado del animal. “La puerta estaba cerrada, por lo que ‘el bicho’ tuvo que entrar por alguno de los respiraderos que hay bajo el techo. Las vacas, las cabras y los perros estaban muertos de miedo. Las vacas, a causa del pánico, rompieron las cadenas que las sujetaban, y eso no es nada fácil”. Por cierto, tanto los canes como las cabras que se encontraban esa noche en el interior del establo, evitaban a toda costa siquiera acercarse al mismo, tal como nos dijo el ganadero y nosotros mismos pudimos comprobar.

El “bicho” entró en el establo por uno de los respiradores, matando a una cabra.

El 5 de febrero de 2002, José Luis interpuso una denuncia en la Comandancia de la Guardia Civil de Lalín (Pontevedra), concretamente ante el equipo del Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA) de dicha Comandancia. Dos miembros de la Benemérita acudieron al lugar y tuvieron la oportunidad de contemplar el cuerpo de la última cabra, certificando en el informe que redactaron, y que tenemos en nuestro poder, que el animal tenia dos incisiones en el pescuezo y en el cráneo. La Guardia Civil de Lalín remitió un escrito a la Consejería de Medio Ambiente de la Xunta de Galicia, notificando las misteriosas muertes, cuyas causas no podían determinar.
En un principio, los responsables de Medio Ambiente aseguraron que se iban a hacer cargo del caso, pero el lunes 25 de febrero, a través de un comunicado de su gabinete de prensa, Medio Ambiente dio marcha atrás, asegurando que las investigaciones sobre las extrañas muertes eran competencia únicamente de la Guardia Civil. El comunicado añadía que no cabía indemnización alguna por la muerte de los animales, ya que “la Consejería sólo responde a los daños cuando se trate de fauna bajo su custodia”. De modo que José Luis se quedó sin animales y sin la compensación económica que la Xunta de Galicia ofrece a los ganaderos que sufren pérdidas de animales por ataques de lobos o cualquier otro animal salvaje.
Durante la larga conversación que mantuvimos con José Luis, éste nos confesó que no estaba dispuesto a perder más cabezas de ganado, ni a que alguno de sus vecinos sufriera una agresión del extraño animal. Así que durante las noches se parapetaba junto al establo, con la única compañía de su escopeta, aguantando las frías temperaturas, con la intención de dar caza al “bicho”. Incluso nos dijo que dejaba algunas cabras fuera del establo, a modo de anzuelo, para atraer al responsable de las muertes. Mientras hablábamos con José Luis, su esposa y su madre, Raquel Gutiérrez, encendían una hoguera en el medio de la finca “para espantar al bicho ese”. José Luis estaba deseando tenerlo cara a cara para matarlo, pero estaba claro que ellas no compartían el mismo deseo.

Avestruces sin cabezas
Esa tarde y durante todo el día siguiente inspeccionamos cuidadosamente el terreno y el establo, tanto por dentro como por fuera, encontrándonos algunas pistas más que interesantes. En una de las paredes del establo -cada una de ellas de unos tres metros de altura- hallamos unas marcas de tierra a unos dos metros de alto y separadas 1,80 entre sí. El propio José Luis nos confirmó que las marcas no podían haber sido causadas por una escalera, porque hacía mucho tiempo que no subía al tejado de la construcción. ¿Serían acaso las huellas del misterioso animal cuando entró al establo por el respiradero?
También encontramos por el terreno y en la parte inferior de la pared una serie de pisadas no muy bien conservadas. Aunque José Luis insistía en que no pertenecían a ninguno de sus animales, lo cierto es que no constituyen ninguna prueba concluyente.  La Sociedad de Caza de Dozón puso el caso en manos de un biólogo, que se desplazó a la pequeña aldea y con quien pudimos charlar durante un buen rato. “Por la descripción que da José Luis no se trata de ningún animal conocido. Es lo único que puedo decir con los datos que tengo”, nos confesó.
El 1 de de marzo de 2002, pocos días después de regresar de A Lama, el investigador lucense Marcelino Requejo nos ponía sobre la pista de otro incidente muy similar a los ocurridos en la aldea pontevedresa. En la población de Muimenta, situada a menos de 25 kilómetros en línea recta de A Lama, aparecieron muertas en extrañas circunstancias cinco avestruces de una explotación ganadera.
Al día siguiente ya estábamos frente al dueño de la citada explotación… (Continúa en “Los mejores Expedientes X españoles”)